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viernes, 24 de febrero de 2012

La Solidaridad empieza por casa. Monica Moore.

Cada uno de nosotros somos consecuencia del contexto en donde crecimos y estamos. En sociedades como la australiana, para gente extranjera, o incluso, para monstruos de dos cabezas como yo, a veces se nos hace difícil entender ciertas actitudes que, admito, la mayoría de las veces prejuzgamos errónea y ligeramente.

La aparente  indiferencia popular australiana hacia problemas y políticas globales y/o ocurriendo en otros puntos del planeta, ha sido para mí, siempre un punto de desconcierto en realación al  aparentemente más politizado y globalizado pueblo uruguayo. Admito que en Uruguay no somos todos doctores en  Ciencia Política ni mucho menos, pero también y en términos generales, puedo establecer comparación con la cultura canadiense en la cual, por ejemplo, el ciudadano común sabe, por lo menos,  donde está ubicado geográficamente Uruguay.

Recuerdo con apenas unos añitos ya en Australia, en 1975, cuando al Primer Ministro Gogh Withlam –elegido democráticamente, claro está-  se le despidió del puesto por parte del representante de la reina  en Australia. Yo me preparé para la que calculé se venía, protestas masivas, demostraciones, huelgas, milicos a caballo a bastonazo limpio, bombas de agua, gases lacrimógenos y hete aquí, que para mi profundo desconcierto, no pasó nada: ¡ Lo sucedió el líder de la oposición en la función de Primer Ministro temporario y chau!

Hasta el día de hoy me invade cierta perplejidad cuando pienso en esa pasividad, que proviniendo yo del Uruguay de los 70s, me resultaba incomprensible y hasta bovina. Sin embargo, también hoy ya totalmente asimilada a este contexto, empiezo a atisbar en ese hecho cierta lógica consistente con la cultura australiana: el tremendo respeto por las leyes, cuando te gustan y cuando no.

Por otro lado, ésta es definitivamente una sociedad de consumo masivo, y basta mirar las veredas dos veces al año, cuando los municipios locales recogen la “basura blanca”; es decir, electrodomésticos desechados; y sofás, y camas, colchones, etc., etc.  De ellos, les aseguro que la mayoría funcionando, más de uno me monté al hombro, doy fe. Simplemente, se renuevan los modelos, se compran más grandes, nuevos  y ello basta para no ser deseados y tirados.

Uno como uruguaya piensa entonces en su país natal, en donde no se tira nada, en donde con un pedacito de alambre y cola de pegar se hacen maravillas, en gente que come de contenedores de basura, en artesanos que hacen hasta de simple tenedores y mates verdaderas obras de arte y, la verdad, duele tanto despilfarro.

Por supuesto, si alguien vive en una sociedad como ésta, donde la violencia es ínfima, donde todo el mundo come y vive bien, donde no hay mendigos en las calles (de no ser algún caso aislado de drogadicto o alcohólico pobre, que debo admitir, cobran pensión gubernamental) y, admitámoslo también,  estamos tan expuestos al bombardeo mediático banal como lo están en Uruguay, cortesía del canal 12, el 4 y afines ( o más bien, des-afin-ados, diría yo). La consecuencia lógica es crecer sin mucho estímulo propicio a  conciencias socio-políticas emergentes, digamos. Sin embargo, y aún a pesar de esas conjuntivas circunstanciales, a la cual se le añade- la tan respetada aquí- educada reserva, surgen voces alternativas de protesta  y solidaridad con el sufrimiento ajeno que tienen mucho mérito. Incluso, si usted trabaja como empleado público en Australia, es política escrita dentro de los contratos laborales que se fomenta y se da incentivo para disponer de tiempo para obras de caridad y/o ayuda social. Dicho mérito entonces estriba en cierta medida,  como dijo cierto pariente mío, en lo que podemos tener  en común los seres humanos dondequiera que se encuentren: sentimientos nobles y empatía.

 Disculpe ahora lector por mi introspección intima-centrista pero creo entenderá mi orgullo y mi deseo de compartir esto con el mundo entero. Grandes discusiones tenemos con mi hija australiana de 33 años justamente, en este tema de políticas sociales y los diferentes acercamientos de cultura a cultura, donde tiendo a generalizar despiadadamente, enfureciéndome temporariamente con la indiferencia y apatía australiana que a veces creo percibir . Para horror mío, a mi hija no le interesa la política pero me acaba de dar una gigantesca lección. Para el eminente bautismo de su hijita de 9 meses, y también para su primer cumpleañitos, mando invitaciones a los 500 mil amigos que tiene, especificando que mi nietita no aceptará regalos. Si lo desean, hay una colecta abierta en línea con el Royal Children Hospital de Melbourne en donde, sea poco o mucho lo que dispongan, pueden, en vez de regalos,  donar al hospital de niños en nombre de mi nieta. ¿Y yo? Ya estoy pensando cómo y en lo mucho que yo, y cada uno de nosotros podemos hacer, buscándole la vuelta, para, entre otras cosas, a nivel personal,  merecerme una hija semejante.

 Me da la sensación que mi hija me dió una pequeña gran lección. quizás no piense tanto como yo en el sistema global de opresión y en cómo cambiar este mundo injusto. Pero de manera muy concreta y palpable me dijo: “¿Y? ¿Por casa como andamos?”.

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