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viernes, 24 de febrero de 2012

La diferencia entre la autocrítica removedora y la transgresión estridente: la entrevista a Graciela Bianchi en el Semanario Voces. Gonzalo Perera

Este Jueves el Semanario Voces publicó una entrevista a Graciela Bianchi, directora del Liceo Bauzá que ha adquirido una sorprendente difusión mediática en los últimos tiempos.

Nunca opino sobre la personas, no juzgo intenciones, ni presumo segundas intenciones. Evalúo y analizo las opiniones de las personas, lo cual es muy distinto. A mi modo de ver, es clave para mantener la capacidad de crítica, de discusión fermental, sin perder el respeto.

Nada de lo que voy a decir refiere a la Sra Bianchi, a quien por otra parte no creo conocer personalmente, sino a sus dichos y actos públicos.

Y lo hago no por considere particularmente relevantes las opiniones de la Sra Bianchi, dicho esto con todo respeto, pues se trata de una opinión como tantas otras, sino porque me inquieta cierta confusión conceptual que subyace permanentemente en sus dichos.

Básicamente es la confusión entre hacer ruido y generar discusión. Entre ser autocrítico y  usar expresiones transgresoras, pero sin mayor sustento. Entre argumentar una opinión "politicamente incorrecta" y lanzar al aire andanadas de opiniones, en una suerte de chumbera verbal, sin detenerse a argumentar casi ninguna.
Yo puedo equivocarme en todo lo que opino, pero trato de argumentar cada cosa que afirmo. A lo mejor mis argumentos son todos erróneos, pero refutarlos en algo puede servir o aportar a otras personas. Cuando no hay argumentos, se trata poco menos que de confrontaciones teológicas, donde se cree o no se cree en lo que se afirma, pero en cualquier caso, no se aprende nada que ya no se supiera de antes.

Como es casi obvio, cuando se lanzan muchos juicios al aire, siempre alguno será acertado. Imagínese que nos pusiéramos opinar sobre cada tema y personaje de la agenda pública y que sorteáramos con una monedita si lo elogiamos o lo criticamos duramente. Con ese mecanismo de opinión sin hilvanación ni coherencia alguna, mero fruto del azar, según la vieja y querida Ley de los Grandes Números, más o menos la mitad de las opiniones andarán bien rumbeadas.

Alfredo García, Redactor Responsable de "Voces", en Twitter, reclamó a Aníbal Pereyra, diputado del FA-MPP por Rocha, que no critique tanto a Bianchi, que analice si no tiene razón en alguna de las afirmaciones que plantea y reclamó un poco de autocrítica.

Creo que Alfredo resume en esa intervención la discrepancia de fondo que tengo en este punto con él (que naturalmente se la comuniqué de manera personal e informal previamente). Porque el punto no es si la Sra. Bianchi emboca o no en algunos de sus muchos juicios categóricos, sino la forma en que los desgrana o presenta.

Básicamente, desde sus inicios mediáticos, la Sra Bianchi hace afirmaciones categóricas, que no fundamenta más allá de  razonamientos del tipo "es evidente que", "todos sabemos que", etc. Es decir, lo que dice es cierto porque lo dice ella (argumento de autoridad) o presupone la certeza de lo que afirma como único sustento de lo que dice (petición de principios). La lógica  de la construcción y entretejido democrático, brilla por su ausencia. Por ende, independientemente de que algunas afirmaciones sean compartibles y otras no, la metodología desde la cual construye su opinión es de una ligereza  y superficialidad alarmantes. Si ese es el paradigma de la autocrítica o del pensamiento crítico, vamos en pésimo rumbo.

Decir afirmaciones irritantes, transgresoras, políticamente incorrectas es una cosa y ser autocrítico es otra.
Ser autocrítico es razonar, hilvanar silogismos, con referencia a pruebas que sustenten los juicios, y donde se reconozca lo bueno, lo malo, lo neutro y toda la gama de grises de la realidad. La mejor autocrítica a veces es trangresora y a veces no tanto, porque no es por la irritación que provoca que se mide su eficiencia, sino por su capacidad de concitar reflexión, afirmación de conductas acertadas y modificación de conductas erróneas.

La metodología de razonamiento y presentación de opiniones de la Sra Bianchi, que a casi todos ( no a todos, cabe señalar) juzga con aspereza, es de una ligereza exasperante.

Tomemos un ejemplo. Según ella, a Lucía Topolansky no la votó nadie, sus votos son de Mujica y llegó donde llegó por ser la mujer de Pepe ¿Cómo conoce la Sra Bianchi lo que pensaba o sentían la enorme masa de uruguayos que votaron a Lucía Topolansky? ¿En qué argumento se basa? Una y otra vez, en que "es evidente" , "en que todos sabemos", etc. Pues bien, esa afirmación de la Sra. Bianchi yo me voy a permitir refutarla radicalmente desde mis argumentos, que serán acertado o errados, pero no son ni autoconcesiones de autoridad ni petición de principios. Tuve en mis manos durante meses los resultados de  varias encuestas previas a las elecciones del 2009. La senadora Topolansky sistemáticamente era uno de los referentes del FA más apreciados, incluso en ocasiones por encima del propio Mujica, debido a su temple sereno, condición de mujer, etc. Por ejemplo, en el segmento de las mujeres menores de 30 años, ninguna figura frentista superaba a Lucía Topolansky. Decenas de miles de mujeres jóvenes que votaron a Lucía porque la admiran, para la Sra. Bianchi parecen no existir. Y dicho sea de paso, Lucía Topolansky, militante desde los 60´s, presa política, bastante más que "la mujer del Pepe" para muchos (me incluyo a título expreso: tengo particular simpatía y aprecio por Lucía, y no tengo empacho en reconocer que me provoca mayor afinidad que el propio Pepe), en el momento en que muchos leían la nota de la Sra. Bianchi, se encontraba reunida en la Villa de Ismael Cortinas, sin cámaras de TV ni semanarios, sin calderín para pescar votos, convocada por militantes sociales preocupadas por las fuentes laborales de las mujeres de la Villa, discutiendo mano a mano las soluciones concretas que de a poco se van encontrando. No estaba allí, en esa villa de apenas mil habitantes del sur del departamento de Flores, por ser la mujer de Pepe, sino por ser una mujer militante y particularmente sensible. La situación concreta que la llevó a trasladarse el Jueves a Ismael Cortinas le fue planteada a título personal por una militante socio-política particularmente dedicada a la problemática de la villa (Ana María Calzada, concretamente), apenas 48 horas antes, en su despacho del Senado. 48 horas le alcanzaron para ir a una villa a la que no visitaba ningún senador en ejercicio desde hace muchísimo tiempo, sin cámaras ni marketing y sin discursos de ocasión: a hablar mano a mano con la gente y apoyarla a encontrar sus soluciones. Podría agregar otras anécdotas sobre la clase de persona y militante que es Lucía, y no es ajeno a quienes me conocen que esto no es seguidismo o defensa ciega: he publicado notas criticando  posicionamientos políticos de Lucía y lo volvería  a hacer si corresponde, pero con argumentos: malos, buenos, seguramente discutibles la mayor parte de las veces, pero nunca criticando "porque lo digo yo y punto". Notas que, vale decir, sistemáticamente Lucía ha tomado con gran delicadeza y altura, como correponde a compañeros que discrepan honestamente. Reducir a un referente político que concita admiración entre una gran masa de ciudadanos, que tiene la sensibilidad, altura y delicadeza que me consta no de ahora, sino desde hace ya bastante tiempo, que sobradamente posee Lucía, a "mujer del Pepe", amén de un reverendo disparate, es una enorme e innecesaria grosería intelectual.

Podría tomar otros ejemplos, pero me parece que este es harto elocuente. Bianchi juzga con chumbera y no argumenta: sus juicios valen por el sólo hecho de ser emitidos. La trivialización de la discusión política llevada a niveles paradigmáticos.

Como yo soy un ser humano regado de defectos, necesito la autocrítica en dosis abundantes. La aplico en primera persona, trato de reflexionar desde MIS errores, desde MIS fallas, que por supuesto, se me hace fácil porque han sido y son muchos mis defectos. No hago la autocrítica en base a analizar los errores o fallas de OTROS, porque semejante "auto"crítica, sólo podría hacerla quien no tuviera nada para criticarse severamente a sí mismo. Cuanto más avanzo en la autocrítica, menos espectaculares mis conclusiones y más complejas las soluciones. No pontifico, pero desde mi opiniñon,  creo que la autocrítica nada tiene que ver con las clarinadas de la Sra. Bianchi.


La valentía de decir las cosas por su nombre me parece muy bien. Opinar con chumbera me parece muy mal. Algún pajaro va a caer, obviamente, tras la lluvia de chumbos. En alguna se va a embocar. Pero eso es achatar y reducir la política a niveles realmente muy tristes.

Quizás, como criterio último de que es construír y qué es hacer ruido, sería interesante plantearse la pregunta de cuántas vidas concretas cambiaron para bien el Jueves en que apareció la nota gracias a las opiniones de la Sra Bianchi o gracias a las acciones de Lucía Topolansky, o del populoso club de los denostados por Bianchi.

Si la investigación se hace en Ismael Cortinas, no tiene gracia. Si se hace en muchos pueblitos como Ismael Cortinas, no tiene gracia. En realidad, no tiene gracia, salvo en la distinguida platea de los jamás criticados por Bianchi.

A la señora Graciela Bianchi, el mayor de los respetos hacia su persona. Sus opiniones, que he leído con atención y asombro, me parecen de una liviandad enervante, lo cual no quiere decir que todo lo que dice sea erróneo, porque a diez opiniones por segundo, siempre en algo se tiene razón. Desde mi extrema imperfección,  me atrevo a hacerle una crítica a su metodología de razonamiento  porque me preocuparía que militantes honestos del Frente puedan llegar a pensar que esa forma de presentar conclusiones tiene algo que ver con  la autocrítica. Y porque me angustia ver que el viejo y querido Aristóteles, los rudimentos de la lógica, están a punto de caer en desuso, en pos de generar la declaración más estridente posible.


Hay un viejo dicho de que el elemento más importante de la música es el silencio. Si no hubiera silencios en las partituras no habría ritmos, ni melodías, ni armonías, solo un enorme y constante canal de  ruido inescrutable e insignificante. Me da la sensación de que a veces la reflexión política es como la música y que es preferible de tanto en tanto algún silencio profundo a un estridente barullo.


Los facilismos en el juicio y en la solución, que yo mismo he practicado en ocasiones en mi vida pasada  (y tengo prueba de ello, es parte  de mi reflexión autocrítica, en primera personal del singular), a veces  son trangresión por la trangresión: mucho ruido, pero muy pocas nueces.

En suma, me da a impresión que de tanto en tanto, y mientras se guarde un estricto ayuno de argumentos sólidos, hay juicios categóricos que por más que estén instalados o sean fácilmente instalables en los medios, en vez de emitirlos, es muchísimo mejor omitirlos.

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