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domingo, 29 de septiembre de 2013

De Temblores y Cimbonazos. Gonzalo Perera. EL POPULAR. 27/09/2013

A mis ya lejanos 16 años, poco antes de venirme a estudiar a Montevideo, en mi Rocha natal, algunas publicaciones de diverso grado de legalidad, que llegaban a mis manos por vías diversas,  me venían advirtiendo  que en el mar del estudiantado uruguayo, el oleaje de rebeldía comenzaba a ser claramente perceptible.

Y para un gurí que desde los 14 años hacía lo que podía para ayudar a terminar con el suplicio cotidiano del país del autoritarismo, barbarie e ignorancia, esa noticia fue un aliciente excepcional para desear trasladarse a la capital a ser parte de aquella “movida” que se veía crecer de manera gradual, perseverante, pero permanente.

En 1982, utilizando los resquicios legales abiertos por la dictadura, había nacido la ASCEEP, Asociación Social y Cultural del Estudiantes de la Enseñanza Pública, que comenzaba a unificar las reivindicaciones estudiantiles. La ASCEEP coexistía con las clandestinas FEUU Y FES ( en Universidad y Secundaria, respectivamente) , con un grado de armonía  variable, hasta que en en 1984 se produjo por fin la fusión que vio nacer a la ASCEEP-FEUU y ASCEEP-FES, sellando esa etapa previa de maduración y unificación.

En el interín, amén de interminables discusiones sobre preciosismos estratégicos y tácticos que hoy pueden parecer hasta difíciles de entender, se trababan grandes núcleos de consenso y confluencias de esfuerzos, no entre todos, pero sí entre enormes mayorías.

Si me disculpa el intimismo, querido lector, le comento que apenas llegado a Montevideo, me integré a ASCEEP a nivel de enseñanza secundaria y con 17 años recién estrenados, me tocó vivir la semana del estudiante de 1983, que tuviera su clímax en la marcha del estudiante del 25 de setiembre de 1983. 30 años atrás, tiempo más que suficiente como para aquilatar debidamente aquellos gestos y aquellas consignas.
De muy conocida pluma, el himno de aquella marcha era fruto del movimiento de murgas universitarias, riquísimo fenómeno de esos tempos y convocaba de manera más que  clara :

“Estudiante sal afuera, rompiendo la soledad, la noche se hace día, sal afuera y lo verás”

Según dicen muchos, fuimos 80 mil jóvenes los que nos terminamos conglomerando en el Franzini tras marchar por las calles de Montevideo, ocupando hasta el último pastito de la cancha del tradicional “tuerto”.  Nos había precedido el enorme e histórico 1 de mayo,  y nos imbuía una adrenalina única, propia de reconocerse parte de una misma historia aunque no nos conociéramos las caras y las edades y procedencias fueran muy variadas.

Eramos muchos temores, ansiedades, esperanzas, muchísimo temblores, rabias contenidas, muchas largas esperas que se juntaron para salir afuera, rompiendo la soledad. Y se hacía obvio que la noche de la dictadura ya se estaba haciendo día.

Poco antes, en el penúltimo gran empuje represivo de la dictadura, cuando los decretos de agosto de 1983, había habido tanto represión callejera a mansalva en frente a la sede de la Universidad como selectivo y feroz ensañamiento con un muy activo núcleo de militantes de las UJC, entre los cuales muchos estudiantes de la Facultad de Ingeniería.

Por ende, aún no era obvio cuándo terminaría esa etapa de la lucha social y política y cuánto podría costar. Pero se palpaba en el ambiente que ya se iba a acabar.

A mí me recuerdo en aquella marcha con algo de miedo, con mucho de excitación, con ojos asombrados y casi extasiados por ver cuántos éramos y como el grito de cada quien multiplicaba al contiguo.

Pero sobre todo, me recuerdo en el medio de una genuina marea de rebeldía estudiantil, organizada, disciplinada, pero no por ello menos rebelde sino más eficaz. Recuerdo el apoyo de los compañeros trabajadores organizados, de la gente que salía a la calle a aplaudir, de los bocinazos de los buses.
No éramos héroes, al menos ciertamente no lo era yo, pero creo, con todo respeto, que la gran mayoría no estábamos allí por heroísmo. Estábamos por algo mucho más simple y fuerte: por la esperanza en un mañana muy diferente y por un agotador hastío con la realidad que vivíamos todos los días, por no soportar más los pelitos cortos, las corbatas, las faldas reguladas, el pensamiento recortado, las voces acalladas, la prepotencia, la burrada y la violencia institucionalizadas.

Naturalmente había  en aquella marcha muchos pensares que iban más lejos, y que veían en aquellas manifestaciones de masas avances decisivos en la trama de la lucha de clases en el Uruguay de la época.  Pero aún el más sólido militante revolucionario del momento, estoy seguro que antes que nada sentía un sol en el pecho al ver como la energía se multiplicaba de mano a mano, de voz a voz, de rostro a rostro.

No éramos héroes. No fuimos ejemplares ni insólitos. Hicimos, cada quien desde su nivel y responsabilidad, lo que resultaba posible para ese momento y coyuntura.

Como lo sigue haciendo hoy la FEUU. Que atravesó la década de la indiferencia, que capeó las dificultades que el acceso de la izquierda al poder plantea a las organizaciones sociales, y que está allí, luchando con su estilo y sus consignas, que no son ni mejore sin peores que los del 83 o 73, sino simplemente diferentes y adaptados a otro lenguajes, otra cultura, otra realidad societaria.

Aquel 25 de setiembre de 1983 me quedé con la sensación de haber sido uno de los miles de temblores ( de excitación, de miedo, de ansiedad, qué se yo…) que al unirse y sintetizarse, generaron un cimbronazo político, que arrimó un poco más a la dictadura a su fin.

Sigue y seguirá habiendo temblores, que sintetizados, unidos y organizados, se hacen cimbronazos. Así es y así debe seguir siendo, aún cuando gobierne el FA, porque los cambios sociales no son tarea meramente gubernamental sino ante todo societaria.

Sin militancia temblando y sacudiendo la agenda política, el status quo termina por llevar las de ganar, gobierne quien gobierne.

Sin infantilismos, con adecuación al contexto y coyuntura, el pueblo en la calle no es obstáculo de los cambios, sino su mayor garantía.

Por ello, y con muy especial recuerdo a tantos nombres queridos que allí estuvieron y hoy ya no nos acompañan, un recuerdo cargado de emoción a quienes protagonizaron, apoyaron o alentaron aquella marcha.


A todos los que hicieron posible que un simple temblorcito de 17 años, en medio de una marea de decenas de miles de pares, se sintiera parte de un cimbronazo  y reforzara la idea que la Historia no es acopio de eventos excepcionales, sino la acumulación y construcción cotidiana que hace posible que, cada tanto algunos eventos notables salgan afuera, venciendo la soledad, logrando que, por fin, la noche se haga día.