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viernes, 26 de abril de 2013

Juan Manuel de Rosas, los rosados y las rosas. Gonzalo Perera. Contratapa de EL POPULAR 26 de abril del 2013.


La historia del siglo XIX muestra sendas razones por las cuales en nuestro país se generaron dos divisas políticas que dirimieron sus diferencias muchas más veces por las armas que por los votos.
El federalismo oribista, consecuente a la tradición artiguista, batalló al lado de Don Juan Manuel de Rosas. Figura vituperada hasta la caricatura por los historiadores colorados, que sacralizan la apuesta unitaria del riverismo, difícil de no visualizar como traición al proyecto del Protector de los Pueblos Libres.

Detrás de esas opciones subyacían visiones estratégicas antagónicas, posicionamientos opuestos ante las potencias de la hora (sobre todo Inglaterra y Francia) y hasta visiones culturales  irreconciliables, en particular sobre conceptos como el de civilzación y barbarie, para utilizar la terminología de Sarmiento. La guerra contra (o intento de exterminio de) los pueblos originarios ha sido pregonado como acto civilizatorio, y más allá de las décadas de diferencia en su ejecución, o de los diferentes  conductores -de apellido Rivera o Roca-en ambas márgenes del plata se ha venerado como heroica gesta una de las mayores barbaries cometidas en nuestros suelos. Y se ha defendido- y pretendido justificar- la asesina y servil invasión del poderoso Paraguay (para aniquilarlo) en la maldita y vergonzante guerra de la Tiple Alianza, ordenada desde la metrópoli. Han sido en los textos escritos con tinta colorada donde la Historia ha sido retorcida hasta la caricatura para excusar y hasta argumentar semejantes atrocidades, mientras que en historiadores de extracción blanca se han encontrado las primeros versiones díscolas con el discurso oficial y más apegada a los hechos y sus razones.

Las dos divisas tuvieron pues su razón de ser en nuestra Historia.

Claro está, al interior de cada una ellas, vaya si huno espacio para el disenso o enfrentamiento. Que a Julio César Grauert, batllista  autodefinido como marxista, fue la policía de la dictadura de su correligionario Gabriel Terra quien le asesinó. Y cuando el golpe de Juan María Bordaberry, frente al cual  y desde el Senado, en encendido e inolvidable discurso, Wilson Ferreira Aldunate proclamó al Partido Nacional como su más enconado  e irreconciliable enemigo, un ilustre jurista y referente político blanco. como Martín Recaredo Etchegoyen, actuó como primer presidente del Consejo de Estado de la dictadura (pantomima de Poder Legislativo, de carácter meramente nominal y colaboracionista). Y el también blanco Aparicio Méndez, entre otras cosas abogado patrocinante de la denuncia de fraude electoral en 1971, subió la apuesta,  al usurpar la presidencia durante cinco años, lapso en el cual se pretendió perpetuar la dictadura mediante el proyecto de reforma constitucional derrotado por el pueblo en 1980.

Con la complejidad de tan larga historia y con la simplificación que exige el  reducido espacio, querido lector, parece evidente que las divisas blanca y colorada tuvieron su fundada razón de ser en los diferentes proyectos nacionales y regionales conformados durante la revolución artiguista, y que con el correr del tiempo, mientras abandonaban (felizmente) una marcada tendencia a irse a las armas unos contra otros, se acentuaron profundas tensiones internas que terminaron decantando en una identidad absolutamente común. No tan feliz.

Así , tras el último proceso dictatorial que opuso a blancos y colorados opositores con blancos y colorados colaboracionistas, durante la larga noche neoliberal, las diferencia políticas entre blancos y colorados se tornaron meros matices o cuestiones de liderazgos personales ¿Es posible acaso distinguir el pensamiento económico de herreristas y la tradicional lista 15? Más aún, respecto a ese pensamiento económico...¿ Qué distancia guardan el resto de ambas colectividades y qué espacio tienen para canalizar realmente  el disenso?

Al llegar el FA al gobierno  a nivel nacional,   la derecha nacional recibió el último factor aglutinante que  les faltaba para admitir explícitamente lo que todos los uruguayos sabemos hace al menos dos décadas: blanco y colorado son  las dos tonalidades con que viste la defensa del status quo en el Uruguay. Se dotan en estos años- en general-  de un discurso más medido, más centrista que otrora, por la sencillísima razón de que la más rancia derecha la saben propia, voto que le es completamente cautivo, y salen a la conquista de un espacio donde obviamente habitan muchos votantes  frentistas.

La anunciada fusión de ambas divisas en Montevideo, de concretarse, es un gesto irreversible. El discurso que sólo se trata de una táctica accidental , para terminar con la hegemonía frenteamplista en la capital, es completamente absurdo. Como es absolutamente obvio para todo ser pensante, si esta táctica resultara eficaz, se replicará en pocos años en Canelones, Maldonado, Rocha o todo lugar donde el FA constituya mayoría y cada divisa tradicional por sí sola no pueda batirlo. Y el "accidente" se hará norma. Y amén de curiosa confesión de parte ( y relevo de prueba) de que ya no hay identidades diferentes en estas dos divisas, sino mínimos matices en sus posturas de derecha,  esta táctica supone una apuesta  harto audaz. 

Analicemos: si se produce la fusión en Montevideo de blancos y colorados e igualmente vence el FA...¿Quién se hará cargo, al interior del bloque rosado,  de la gruesa factura de haber aniquilado los ingentes esfuerzos de estos años de intentar presentar identidades y fisionomías diferenciadas para en definitiva no lograr absolutamente nada?

Hubo razones históricas para el surgimiento de las divisas blancas y coloradas. Basta recordar a Juan Manuel de Rosas para atisbar varias. Pero el paso del tiempo, las presiones del gran capital, de la globalización aperturista, de la desesperación de USA y la Unión Europea por extraer los recursos naturales del sur del Río Bravo, los ha fundido en un rosado fulgurante, ahora anunciado y proclamado sin rubor ninguno.

Frente a ellos, sigue habiendo un proyecto que avanza paso a paso, no siempre al ritmo y de la forma que uno desearía, dentro de un fase de liberación nacional y construcción de identidad regional como paso necesario en la ruptura con el modelo dominante de desarrollo capitalista global, diferenciado y dependiente.

No hace falta que lo nombre, porta una rosa roja y está munido de las dos grandes herramientas de todo trabajador: la firmeza y la perseverancia. Avanza más rápido o más despacio, avanza con contradicciones internas y discusiones, avanza por encima o por debajo de lo esperado. Pero avanza, siempre avanza, hacia una sociedad donde ser joven no sea delito y la discusión central no sea cómo encerrar más a los jóvenes, sino como abrirles más puertas hacia un futuro solidario, integrado y realmente libre, que no retóricamente libre. 

Que los derechos que la Constitución consagra son las más nobles intenciones, pero serán derechos efectivos cuando se conquisten para todas y todos.

Avanza nuestro proyecto con el azul, blanco y rojo artiguista, ahora con sólo un blasón rosado enfrente, que asume en formato único la representación de los mismos intereses que  jaquearon y traicionaron la proyección revolucionaria artiguista de las Instrucciones del año 1813.

Sosteniendo con firmeza las rosa rojas, a batallar democráticamente en este nuevo escenario, a conversar y convencer amigo por amigo, vecino por vecino. Que nuestro proyecto , el de los pueblos libres del sur, el de los trabajadores y explotados, no empezó ayer ni termina mañana.  Se construye ladrillo por ladrillo, conciencia a conciencia. No se llama reducción de inequidades o eufemismos similares: se sigue llamando lisa y llanamente Revolución. Y la Revoluciones sólo las hacen los pueblos que han generado una fuerte y extendida conciencia.

 Palmo a palmo, calle a calle, a sembrar desde el principio nuevas rosas rojas, que lo de 1813 no fue un sueño sino  nuestra tarea pendiente.

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