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jueves, 11 de abril de 2013

Margaret Thatcher. Gonzalo Perera


Margaret Hilda Thatcher residió en el mítico 10 de la calle Downing de Londres (residencia del Primer Ministro) durante la friolera de 11 años y medio. Fue hasta ahora la única mujer en acceder a tal cargo en Gran Bretaña, así como el premier de mayor duración en el cargo y además, junto a Winston Churchill, la que ha dejado una huella más imborrable en la memoria histórica con su accionar como gobernante.

Contemporánea en la mayor parte de su gestión con Ronald Reagan, la "dama de hierro" (como se le llamó acertadamente) compartió con aquel su adhesión absolutamente dogmática  (y con nula sensibilidad social), al neoliberalismo  y ultraconservadurismo más salvaje y descarnado, así como un talante completamente arrogante y agresivo hacia los países del tercer mundo.

El repaso de lo que significó Thatcher en el gobierno no es muy complejo: bestiales recortes presupuestales, particularmente en políticas sociales. El Sistema de Salud vivió el mayor declive de su historia y la patria de Isaac Newton, William Shakespeare y Charles Darwin, tierra de universidades excelentes como Oxford, Cambridge o el Imperial College de Londres, vieron partir al exilio a buena parte de sus más destacados investigadores y pensadores, no sólo por motivaciones económicas, sino hastiados por el destrato que la premier transmitía hacia el sistema educativo un día si y el otro también.
Le cabe la responsabilidad de una desocupación pavorosa y la destrucción de buena parte del sistema industrial inglés, apenas parcialmente resucitado tras su partida del gobierno. Si, justo es decirlo, la industria del carbón, una de las más afectadas en su período, muy probablemente estuviera condenada por sustitución tecnológica, en el fundamentalismo thatcheriano no cabía ni siquiera imaginar la posibilidad de políticas proactivas de empleo, que fomentaran el redireccionamiento de los obreros del carbón hacia otros sectores de la tecnología. El Estado no debía intervenir  y los individuos deben ser librados a su suerte, era una máxima para ella a la altura de las revelaciones divinas. Privatizaciones, enfrentamiento feroz con los sindicatos a los que consideró sus enemigos, liberalización absoluta de la economìa, desregulación y otras perla ornamentaron su gestión. Para las clases medias altas y sobre todo altas, el suyo  fue un período de ensueño: la política tributaria thatcheriana cargaba de manera estrictamente pareja a todos, por lo cual llevó la presión fiscal hacia los trabajadores, haciendo la vida una jauja para los más pudientes.

Supo tener gestos que más que a dureza, saben a crueldad y uno de ellos nos tocó muy de cerca, en la vidas de muchos jovencitos argentinos que hoy deberían tener mi edad, pero a quien Thatcher decidió  personalmente segarles con la guadaña, de manera terrible.

Contextualicemos. Cuando en una mezcla de desesperación y delirio alcohólico Leopoldo Fortunato Galtieri envía a recuperar Las Malvinas a algunos oficiales ineptos y cobardes como Astiz, sólo duchos en el combate contra prisioneros atados y encapuchados, al mando de un inmenso número de jovencitos conscriptos inexperientes, los niveles de popularidad de Thatcher en Gran Bretaña estaban en el sótano. Thatcher vio en una  "re-recuperación de las Falklands" su oportunidad histórica y se dispuso a aprovecharla al máximo. Incluso, hay varios trabajos de investigación periodística que llegan a sostener que Galtieri cayó en "una cama" montada por la administración Reagan a solicitud de Thatcher, ya que es un hecho documentado que, previo a la decisión de recuperar Las Malvinas, el dictador argentino consultó con “sus superiores” de Washington D.C. y del Pentágono. Y tanto a nivel militar como político recibió la misma respuesta: tratando de equilibrar el TIAR (que obligaba claramente a USA a defender a Argentina de la"Task Force", la flota y grupo de combate enviado por Gran Bretaña) con la tradicional e inquebrantable alianza entre USA y su madre colonial, USA no permitiría a los británicos el despliegue de fuerza bélica contra Argentina  y buscaría propiciar una salida negociada.  Haya sido o no el maquiavelismo thatcheriano el origen de la jugada, es indudable que al dictador desde USA se la cantaron errada, y a varias voces, sin desafinar, y eso seguramente haya envalentonado su actitud. Sin pretender exonerar ni un ápice al patético y asesino Galtieri, es notorio que las culpas de la guerra de las Malvinas siempre se reparten entre él y Thatcher. Pero no es posible, en honor a la verdad histórica, ignorar el papel jugado por la administración Reagan y por ello cabe la puntualización.  Ahora bien, puesta a comandar tan desigual e injusta guerra, el nivel de frialdad y crueldad de Thatcher se puede resumir en un solo hecho. Frente a un almirantazgo poco proclive a hundir al Crucero General Belgrano (cargado de conscriptos y fuera de la zona de exclusión, eufemismo por “zona de guerra”), Thatcher personalmente ordena su hundimiento para “desmoralizar al enemigo” (sic) ¿Qué decir ante tamaña barbaridad? Un atroz crimen de guerra, que si en vez de ser cometido por Gran Bretaña hubiera tenido por protagonista a algún país no aliado a los USA, bien habría pretextado invasión masiva con Marines y ejecución personalizada y a domicilio de su líder a cargo de los Navy Seals, ignorando toda frontera o jurisprudencia internacional.

Salvando el heroísmo de muchachos argentinos que sufrieron tanto o más el frío y la falta de pertrechos básicos que las balas nocturnas  de los gurkas dotados de miras infrarrojas (para la época, considerable ventaja tecnológica), y el enorme coraje y capacidad de los pilotos de los aviones “Pucará”, que fueron los principales dolores de cabeza de la Task Force, Gran Bretaña recuperó rápidamente las Malvinas, exponiendo al ridículo al generalato de la dictadura.

Los políticos exitosos son quienes, para bien o para mal, entienden la psicología de las masas. Esa victoria militar, recuperando un territorio perdido, en una vieja potencia colonial  en flagrante decadencia y ya acostumbrada a ver como  único- y demasiado cercano-escenario militar el enfrentamiento interno con el IRA, significó una inyección de adrenalina imperial en el alicaído espíritu británico. La victoria fue celebrada como gran epopeya, los soldados recibidos como héroes y Thatcher pasó a ser “Maggie”, alcanzando niveles de popularidad altísimos. Popularidad cimentada en la mano fría que apuntó al General Belgrano y sus jovencitos, condenándolos a una muerte atroz.

Sobre el final de su vida, Thatcher tuvo un gesto que en estos días pocos recuerdan: su defensa a ultranza de su amigo Augusto César Pinochet, cuando éste, en su inmensa cobardía, pretextaba una enfermedad que evidenció luego no tener,  para rehuir a los tribunales. Thatcher lo visitó, lo elogió y le agradeció su colaboración durante la guerra de Las Malvinas, poniéndolo como ejemplo para América Latina. Un gesto que no amerita ya ningún comentario, por su nivel de obscenidad.

Querido lector, a mí no me gustan los retratos en blanco y negro, de héroes y villanos. Hay balances deslumbrante y otros terribles, pero trato siempre de encontrar en la humanidad de los personajes históricos algo que los rescate del encasillamiento en una caricatura.

Pero en el caso de Margarer Thatcher, salvo el innegable tesón necesario para llegar a premier siendo mujer, no encuentro absolutamente más nada para poner en su haber.  Y si el tesón es el combustible de la ambición de la que luego hizo amplia gala, parece poco como mérito. Y  por el contrario, en el debe de su pasaje por la vida pública, veo la destrucción de la Educación, de la Seguridad Social, de la industria y el trabajo de cientos de miles de familias, del Estado, gobernar para los pudientes,  ganar blasones gracias a un absurda guerra que dirigió personalmente con singular crueldad. Y, como punto más concluyente e inapelable el ser responsable directa de al menos un atroz crimen de guerra , a la vez que amiga y conspicua defensora de uno de los peores genocidas del sur, a quien se atrevió a señalar como ejemplo para la región.



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