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sábado, 14 de julio de 2012

Apenas si vive en Roma. Gonzalo Perera



Como agnóstico, respeto toda posición religiosa que sea promotora de la dignidad humana.

Entiendo la celebérrima frase “la religión es el opio de los pueblos” en su contexto y la comparto al 100%.

Pero hay otros contextos que hacen al factor religioso un despertador y no un opiáceo. Me refiero no sólo a Gustavo Gutiérrez Merino, Leonardo Boff, Frei Betto y todos los referentes más conocidos de la “teología de la liberación”. Me refiero también a Ernesto Cardenal en Solentiname o a “Perico” Pérez Aguirre viviendo su prédica en “La Huella”, su hogar para niños desde donde tantos textos formidables escribiera al tiempo que se hiciera ejemplar resistente a la dictadura y un apoyo inclaudicable de los familiares de los detenidos desaparecidos. Me refiero al gesto solidario y valiente de Monseñor Carlos Partelli, entonces Arzobispo de Montevideo, concurriendo al velatorio de los mártires de la seccional 20, lo que motivara la iracundia de la poderosísima derecha católica y una espléndida nota de agradecimiento de Rodney Arismendi. Me refiero, por si fuera poco, a mis viejos, católicos ambos, ahora ojalá al abrigo  del Dios en quien creyeron, porque fue mi viejo, en mi infancia rochense, frente a la saturación de propaganda fascista que surgía de los principales medios de aquella época (curiosamente, los mismos que ahora), me dijera cosas tales como que Fidel Castro sería recordado como uno de los mayores héroes de América Latina y que había mucho más valores de cristiandad entre la mayoría de los militantes comunistas que entre la mayoría de los autodenominados católicos, incluyendo clérigos. La Iglesia, para quienes no somos creyentes, suele verse como una institucionalidad. Para quienes lo son, es “el cuerpo místico de Cristo”, una comunidad de conciencias, basada en la libre adhesión de cada convicción y en el sentirse testigos de un mensaje tan destinado a la intimidad individual como a la vivencia colectiva, y que nada tiene que ver con  el Papa o el Vaticano, que son dos instituciones  temporales (y distintas entre sí).

Porque por más que se insista en recordar que Jesucristo manifestó “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, la figura del papa, con sus aditamentos más cercanos en el tiempo, completamente terrenales y para nada adjudicables al Nazareno como la doctrina de la infalibilidad papal y la propia letra del “Himno al Papa” (“Dios Salve al Papa, Pontífice Supremo, Dios en la Tierra…”) se parece muy peligrosamente a un genuino acto de idolatría y culto al poder, frente a los cuales quien naciera en un mísero pesebre de Belén fue particularmente inflexible.  Pues el acento de su prédica mo estuvo  en los liderazgos, sino en las comunidades. Y así supieron vivir los primeros cristianos, cuando el Poder los perseguía y se reúnian en catacumbas o bajo el manto de cielos estrellados para compartir el pan y el vino . Cuando el Poder adoptó el cristianismo en Constantinopla, la perversión del mensaje inicial  hizo que el papado se transformara en un reinado terrenal como tantos, pero con incidencia cultural y política sobresaliente. El papado, con sus cambios de sede, casos de doble papa simultáneo y beligerancia sucesoria, es una institución estrictamente terrenal que precede por muchos siglos a otra, que es su última sede: el Vaticano, mero futo de un concordato con el Estado italiano.

El Vaticano fue por décadas un sitio sombrío,  refugio de anticomunistas y grandes señores de grandes negocios, hasta que el papa Roncalli (Juan XXIII), “Il Papa buono”, resolviera “abrir las ventanas de par en  par” y convocara al Concilio Vaticano II para ponerse a tono con el “signo de los tiempos”. El papa Montini (Pablo VI) llevó a cabo dicho concilio, donde el Vaticano alcanzó niveles de aggiornamiento, humanización  y apertura absolutamente insólitos. Fueron tiempo de luces y esperanzas para muchos seres humanos en el planeta entero, que veían que la señal de la cruz, volvía, tras casi veinte siglos de enajenación, a cobijar el bando donde nació: el de los pobres, los perseguidos, los excluídos de la tierra. Todos a quienes nombra el propio Jesucristo en su formidable “Sermón de la Montaña”. El apogeo de esa esperanza pareció llegar con los apenas 33 días del papa Luciani (Juan Pablo I), pero tras su misteriosa muerte, las sombras comenzaron a recuperar terreno, y las ventanas, a cerrarse una por una. Porque el papa Wojtyla (Juan Pablo II) mostraría poco a poco que su grandes obsesiones “pastorales” eran  contribuir a destruir la URSS y volver a una Iglesia pre-conciliar de manuales de catecismo anacrónicos, pacatos e inhumanos, mientras el Opus Dei adquiría una predominancia superlativa en el Vaticano. Finalmente llegaría el papado de Ratzinger (Benedicto XVI), quien fungiera como inquisidor de los referentes de la Teología de la Liberación y redactor del Manual de Catecismo de Wojtyla, quien  lo supera largamente, llegando a añorar las misas en latín y de espaldas al pueblo. En el Vaticano, hoy, del hálito luminoso que inyectara Roncalli, ya nada queda. Sólo hay luz entre muchas comunidades eclesiales modestas, entre muchas gentes de fe, que siguen pensando que su compromiso con el Cristo es vinculante con el hermano, con la comunidad, y muy particularmente, con el pobre, con el afligido y por ende, opuesto al poder dominante, tal y como lo hiciera en su propia vida el Nazareno.

Como prueba al canto de ello, tras el “Viernes negro” paraguayo, en que un juicio político express, impresentable, sin posibilidad alguna del “acusado”  de poder defenderse realmente, el Vaticano fue el primer estado en reconocer el gobierno del usurpador Franco, un simple traidor al servicio de la narco-mafia.

Si algo de autoridad moral pudiera aún quedar en la Basílica de San Pedro, ese gesto fascista, apresurado, terminó de pulverizarla por completo. Ni USA ni Israel, que participaron en una conspiración para que Lugo ni siquiera llegara a asumir el poder, siendo sucedido desde el “vamos” por Franco, se precipitaron tanto. Así, imposible no darse cuenta que el “agua bendita” que el Vaticano derramó sobre Franco, hiede a azufre.

“¿Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma, que le están degollando a sus palomas?” dicen los versos de Violeta Parra dedicados al mártir comunista español Julián Grimau, fusilado por otro Franco, el 20 de abril de 1963 en Madrid.

 Hoy ya no se pueden recitar. Porque ha quedado definitivamente demostrado que el retrógrado medieval que conduce el Vaticano, nada tiene ni de santo ni de padre.

Apenas si vive en Roma. Nada más.


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