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martes, 13 de agosto de 2013

Seguridad, Racionalidad y Memoria. Gonzalo Perera.

Toda sociedad humana que se precie de tal, debe ser razonablemente segura. Y debe reconocer, también, que es inevitable que exista cierto grado de inseguridad. Que por menor que sea, cuando golpea cerca o de manera particularmente dolorosa, nos indigna y angustia. Y es lógico y natural que así sea.

Toda sociedad humana que se precie de tal, debe también ser racional. Con la capacidad colectiva de anteponer a la pasión o afectación emocional de una circunstancia muy tocante, el análisis mesurado, prudente y sensato de su realidad. Por supuesto que, cabe la precisión, también debe concederse espacio para lo irracional. Que no suelen ser racionales ni los mayores actos de amor ni los desbordes emocionales. Y donde habita nuestra especie, es absolutamente inevitable que habiten todas las pulsiones de surgen de nuestra afectividad.

Ahora bien, si una sociedad, ante una situación concreta de inseguridad, se sumerge  de lleno en la irracionalidad,  prescinde totalmente del análisis, se empapa de la sensibilización e irritación circunstancial y enceguece su capacidad diagnóstica, entonces se va de bruces al despeñadero y sin frenos.

En los últimos días, un hecho de intensa violencia ha ocupado enorme espacio en la atención pública.

En una muy transitada zona de Pocitos, una banda fuertemente armada asaltó una sucursal de El Correo. Personal policial llegó a tiempo para contrarrestar el hurto y salvar ciudadanos inocentes que habían quedado expuestos. Como consecuencia de la rápida repuesta policial, se desató una furibunda balacera, de la cual resultó asesinado el joven agente de segunda Carlos Eduardo Rodríguez, oriundo de Tacuarembó, y recibió siete impactos de bala el agente Carlos Doyenart (al momento actual, felizmente en plena recuperación) .

En primer lugar lo obvio: es natural que genere inquietud un hecho asì. Es lògico que genere indignación la violencia desplegada por los delincuentes. Y es propio de gente de bien sentir como inmensa pérdida la del joven efectivo policial- quien según los relatos, guardó un comportamiento heroico en la ocasión-  así como pensar dolida y solidariamente en su familia, en sus amigos, en su joven vida tronchada en un acto de defensa de la seguridad de los ciudadanos expuestos, trabajadores, gente como Ud. y yo, querido lector. Y es imposible no sentir congoja ante la manifestación de su padre, sobre que el agente "llegó tarde" para solicitar su traslado de retorno a su ciudad de origen.

Hasta este punto,  creo haber descrito un camino que, detalles  más o menos, toda persona de bien  seguramente recorre en sus pensamientos o sentimientos.

Pero de allí en más,  he podido constatar que hay amplio espacio para la apelación a la racionalidad responsable o a la irracionalidad y el peligroso desborde u oportunismo. Muy particularmente, desde los grandes medios de comunicación.

Actuar con racionalidad supone empezar por reconocer que robos de este tenor ocurren desde hace décadas. A veces en zonas menos transitadas, o menos densamente pobladas, o con menor espectacularidad. Pero hurtos con despliegue de violencia en locales de pago, comercios y afines, si  se hace memoria, se recordarán desde  los 80, como mínimo. Y no se trata de “mal de muchos, consuelo de tontos”. Se trata de ubicar cada hecho en su contexto.

El segundo punto a considerar es que el personal policial llegó a tiempo e intervino en el momento que el acto criminal transcurría, y todo indica que intervino de manera adecuada para proteger a los ciudadanos allí presentes. Si la intervención pudría haber sido mejor o más segura para el propio personal policial, no soy especialista en el tema y no tocaré de oído al respecto. Pero recuerdo claramente, en esa larga lista de décadas, de muchos casos en que la intervención policial no llegaba a tiempo y por ende no había enfrentamiento, sino consumación del hurto y alguna que otra vez, innecesarios actos de violencia contra trabajadores de los locales afectados.

El tercer punto a consignar es que las grandes urbanizaciones suelen ser más violentas que las pequeñas ciudades. Por razones obvias: mayor intensidad en la exclusión socio-económica, menor contención societaria, mayor dilución de los vínculos humanos, mayor facilidad para quien actúa al margen de la ley para movilizarse en diferentes zonas sin ser reconocido, mayor densidad e interconexión de las redes de delincuencia, etc. No es un problema intrínseco a Montevideo ser menos segura que una pequeña ciudad del interior. Es propio a toda ciudad comparable por tamaño y nivel de actividad, sobre todo si sufrió las décadas de marginación y exclusión neoliberal, auténticas sembradoras de violencia estructural y a largo plazo.  Más aún, todo estudio comparado serio, indica que dentro del conjunto de ciudades de su talla de nuestra región, Montevideo es la más segura.

Nada de esto minimiza lo que ocurrió, lo que nos ha pasado a muchos uruguayos alguna vez, ni lo que ocurre día a día en nuestras calles. Lo contextualiza, acto indispensable para una respuesta racional y atinada.

En esta contratapa se han formulado puntualmente algunas críticas al accionar del actual Ministerio del Interior, y se ha hecho de forma muy clara, como en el momento de los desafortunados "megaoperativos", por ejemplo. Y nadie puede decirse de izquierda sino practica de manera radical la autocrítica, y apuesta a la corrección de su accionar, por grandes o pequeños que hayan sido los errores que descubrió en sí mismo. Por ende, con todo respeto, aquí no se le cede prioridad a nadie a la hora de tener un juicio crítico sobre la gestión del Ministerio del Interior. Pero juicio crítico racional y leal. No oportunismo ni utilización de la desgracia para dar rienda suelta a  todo tipo de barbaridades. Para empezar, cabe preguntarse si es posible reclamar al Ministerio del Interior que hechos como éste- lamentables, lacerantes, insito que no pretendo minimizarlos- no ocurran jamás. Y para cualquier ciudad de dimensiones comparables a las de Montevideo, pedirle semejante acto de magia al Ministro del Interior me parece completamente descaminado y presumo que se trate o bien  de aprovechar la oportunidad para pasar facturas políticas partidarias, o bien de un razonamiento imbuído de la pasión del momento. 

Pero, finalmente, uno de los puntos más preocupantes de estos días y qu emerece especial destaque ha sido la actitud de algunos "comunicadores". Que desde diversos medios de comunicación, desde programas de "análisis", "informativos", "homorísticos" o lo que fuera, han tratado de servirse de la comprensible indignación popular para difundir impunemente una prédica no sólo irracional, sino fascistoide y extremadamente peligrosa: la de militarizar la sociedad, la de culpabilizar a priori la pobreza o el mal aspecto y tantas y tantas barbaridades de similar catadura. Semejantes manifestaciones no sólo son dislates, sino que son incitación  al desborde de la violencia, que instigan a mayor y más grave inseguridad.

A todas las víctimas, todo mi respeto, un apretado, silencioso y muy sincero abrazo. A todo conciudadano, la comprensión de la inquietud, indignación y rechazo que compartimos ante estos actos de violencia que deben ser prevenidos desde la base de la sociedad, pero también, obviamente, eficazmente reprimidos cuando ocurren. No pensamos que un análisis de izquierda del tema de la seguridad deba ser angelical, cándido y prescindente del dato real de existencia de redes delictivas instaladas y muy bien vinculadas, a las que se debe combatir y punto, porque tal combate defiende los derechos comunes, y muy particularmente el del trabajador, de quien debe salir o volver a su casa muy temprano o muy tarde. El origen incuestionablemente social, estructural, y de larga data de la inmensa mayoría de los problemas de violencia no exonera del deber de reprimir y evitar los desbordes de quienes están instalados en la vereda del dinero fácil, Sean de guante negro o de guante blanco,  de origen humilde o apellido patricio, rapiñeros de locales de pago o rapiñeros del sistema financiero entero. Sea que tiren a matar con una pistola o que desencadenen olas de suicidios por vaciar ahorros y vidas de esfuerzo. A TODOS quienes se consideran habilitados a arrancar a los demás el fruto de su trabajo, y más aún si lo acompañan de violencias varias, es de izquierda reclamar que se  les aplique eficaz y ecuánimemente las sanciones previstas en la ley. Asi que nadie aqui propone un comportamiento ingenuo y timorato. Pero sí justo y sensato, no un desmadre multiplicador de la violencia so pretexto de pretender erradicarla.

Por ello,  frente a los portavoces del tremendismo militarizante y alarmista, a la "manija" sesgada y excluyente, culpabilizante de manera sesgada y discriminatoria, me permito recordar que en este país, durante 11 años, se aplicó a rajatabla el "sistema de seguridad" que proponen y proclaman. Cuando todos éramos sopechosos a priori, podiamos ser detenidos "por que sí" y las fuerzas de seguridad del Estado todo podían hacer. Y fue el período más inseguro de la historia del país, cuando más inocentes fueron asesinados, robados, ultrajados, avasallados y de la manera más salvaje e impune. Y donde se cometieron los robos y estafas más monumentales: llámense absurdas compras de redes de radares,  repentinos y acaudalados "patrones de pastoreo", "adquisición" de vacunas que en realidad habían sido donadas. Llámese la maldita "tablita" y su onda expansiva de destrucción social,  llámese apropiación indebida de bebés y tantas, demasiadas atrocidades más.

No se trata de mano dura o mano blanda, se trata de mano justa y sensata. La experiencia societaria nos lo dice muy claramente. Si la muy comprensible aspiración a la seguridad, se desviste de racionalidad y carece de memoria histórica, no nos conducirá a un mejor futuro, sino a reiterar una y otra vez trágicos errores.





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